Tuesday, October 2, 2012

Cuando algo falta


Era de esos días en que sabes que algo falta, pero no atina uno a descubrirlo. Es simplemente ese pensamiento elusivo que revolotea alrededor de nuestra conciencia y se esconde sin que podamos enfocarlo.

Aun así, emprendí la rodada muy temprano, y esta vez, desde casa. Un recorrido de unos 40 minutos, antes de realmente llegar al inicio de la ruta ese sábado. Tenía la intención de hacer el recorrido vía larga a la Torre 3 (alrededor de 60 kms...). Aunque no sabía porque no me convencía del mismo. Hasta que a la mitad de la subida al 8 ½, fue que surgió en mi GPS personal, la ruta que al menos minimizaba mi desazón. Realizaría la ruta larga, pero en sentido inverso. En lugar de tomar hacia Obsidianas (una bajada de ~30 minutos), para luego emprender la larga trepada desde la parte más baja del bosque hasta el cerro de san Miguel, en donde se alza la torre 3. 
Así pues, en lugar de dirigirme a Obsidianas, me seguí de largo por el “camino ancho” hasta la llamada puerta verde (a unos 13 kilómetros de Postes), de ahí iniciaría una empinada pero corta subida al macizo conformado por varios cerros que coronan en la torre 3. Iba yo bastante bien, mucho más tranquilo y con ese “grillito” ya silenciado en momentos por el propio palpitar de mi corazón, que seguramente estaba en una frecuencia alrededor del ochenta u ochenta y cinco por ciento. 


Lo noté cuando en uno de los tramos pedregosos, topé con una piedra, derrapé y tuve que detenerme… pup-pup, pup-pup, pup-pup, pup-pup…. Escuchaba yo, creí que un alguien tamborileaba, pero en milésimas de segundo, regresé a mi realidad y a mi momento, a la mitad de la trepada, en medio del bosque, era poco probable que alguien con un tambor estuviera intentando darme el ritmo para pedalear. Era mi corazón bombeando a todo vapor, irrigando al máximo mis músculos. Al terminar la trepada, no se ha llegado a la cima aún. Faltarían todavía unos cuatro o cinco kilómetros, para llegar a la meta. Aunque ahí, luego de esa magna trepada, viene el “descanso” de rodar por el lomo de un par de cerros antes de “atacar” el último trepadón. Es ahí, rodando el lomo bajo del cerro de san Miguel, cuando el silencio lo empieza a rodear a uno. Es un silencio que no te abruma, no te espanta, es un silencio que te cobija, que te envuelve en su tranquilidad y hasta cierto punto en su propia expectativa. Estas escuchando la delicia del viento acariciando la corteza de los arboles, el cuchicheo escurridizo de algún animal escondido en los arbustos, o tan solo el planeo de una hoja que en ese preciso momento decide desprenderse de su árbol para iniciar su propia aventura hacia el lecho del bosque.

Rodeado por esos pensamientos fue que llegué al entronque, que conocemos como el árbol (si, para los "no iniciados" suena absurdo que en medio del bosque exista un entronque inconfundible llamado “el árbol”, los invito a que conozcan este paraje, entenderán y su vida tendrá sentido, jeje). Pasé pues esta encrucijada de caminos en donde uno puede iniciar el descenso por el otro lado del cerro hacia el pueblo de Tala, veinticinco kilómetros al este y unos mil metros mas abajo, o seguirse hacia la famosa subida por obsidianas. 
En este momento mi meta no era hacia abajo, sino concluir la trepada y recorrer los últimos kilómetros. Iba con esa meta en la cabeza cuando ví pasar a un cuarteto de corredores, seguramente preparándose para una próxima carrera a campo traviesa, acabarían de perderse a mis espaldas cuando escuche el fatídico sonido “psssss…. pssssss…. pssssss”, pinchado!!... y no se sellaba mi llanta, eso quería decir o que la llanta pinchada o no era “tubeless” o simplemente ya no tenia liquido sellador, me detuve y confirmé que, efectivamente, la llanta, tendría que ser reparada…. Al parecer mi plan de regresar por Obsidianas tendría que modificarse, ya que no compré parches y únicamente traía una cámara de llanta de repuesto. No podía arriesgarme a sufrir un pinchazo más por el lado de Obsidianas, a quince kilómetros del punto más cercano de apoyo. En fin, inicié la tarea de remplazar la cámara pinchada con la nueva, no sin antes agradecer haber comprado los desmontes (herramientas para desmontar la llanta del rin) de metal, con los cuales logré desmontar después de unos minutos de sudor y machucones de dedos. Retiré la malograda cámara y puse la flamantemente nueva en su lugar y oh sorpresa!... mi grillo interno, mi desazón regresó galopante con una carcajada sobre mis hombros cuando descubrí lo que había faltado… mi bomba de aire!!! Ahí a unos 17 kilómetros de mi punto de inicio, a unos tres o cuatro kilómetros de la torre 3, sin tener certeza de que en la torre hubiera un guardia o que éste contara con bomba para inflar mi flamante nueva cámara, ahí, me encontré a mí mismo, parado, viendo a mi alumínica con sólo una llanta rodable, mi conciencia queriendo recriminarme al encontrarme en esa situación. Y sí, yo mismo, también en franco camino a una autocrítica mas destructiva que positiva. Pero llegó mi amigo el silencio, y logreé callarme a mí mismo. Me encontré ahí de nuevo, sólo yo, con mi bici, y sin bomba de aire. Como dirían en el ámbito computacional, reiniciando sistemas, sopesando alternativas; continuar hacia arriba? Que serían, 40, 50 minutos a pie subiendo a la torre? Y si no había bomba de aire ahí?  Algún otro ciclista allá arriba? Poco probable por la hora. Regresarme e ir a Tala? Uhm, no. Muy lejos y sería solo para llegar y tomar un camión, que me regresaría a mi ciudad entrada la tarde. Regresar por donde vine? Quizás me topara con algún ciclista o al menos tendría mas probabilidades de encontrar ciclistas llegando al camino ancho, o quizás hasta alguna camioneta que pudiera llevarme de regreso a postes…

La mejor opción, pensé entonces, regresar por donde había venido, que al cabo era de bajada un buen trecho, y llegando al camino ancho, hasta pudiera trotar de regreso con mi averiada llanta desinflada. Así pues, enfilé por el lomo del cerro de san Miguel emprendiendo el regreso sin haber alcanzado esta vez la cima de la torre 3. Afortunadamente el propio bosque es mi gran aliado y evitó que mis propios pensamientos negativos cercenaran mi optimismo y me bombardearan con culpas. Recorrer a pie el bosque fue un gozo que no siempre se tiene. Iba rodando con mi bici a un lado, procurando que la llanta trasera no golpeara con demasiado ahínco sobre las piedras y en un momento dado mejor la cargué, parecía que podría avanzar mucho más rápido si la cargaba sobre mis hombros. Iba de esa manera cuando escuché el crujir de un tronco, me detuve en seco y llevé mi mano a mi cámara, capaz que hasta esta aventura fallida pudiera regalarme la visión de algún venado, un coatí, algún zorro o un coyote traspasando el camino, pero no. Son muy buenos estos animalillos para esconderse en sus terrenos. Igual, seguí con mi cámara preparada aunque continué mi camino, y miren que fue una dichosa vista la que tuve al llegar a la siguiente curva del camino… un par de ciclistas venían por el camino… “como están, traen bomba de aire?” – “aquí vamos, si, claro”, y acto seguido uno de ellos desmontó y me prestó su bomba de aire. Empecé a inflar mi llanta mientras platicábamos acerca de los olvidos y de las suertes. Conversamos acerco de lo bueno que fue que ellos iniciaran tarde su rodada, dado que sus compañeros no habían llegado ese día, fue que decidieron hacer una ruta larga, aunque ya iban tarde. “Que suerte para mí” pensé en mi interior. Que gusto saber que hoy aún se puede contar con los demás, que ellos confiaron en un anónimo pidiendo apoyo y que pude contar con su ayuda en un lugar donde generalmente no hay gente en kilómetros a la redonda. Al despedirme y dar las gracias, recibir sus buenas vibras y reiniciar mi regreso, ya rodando de nuevo fue que desterré por completo el enojo y la culpa por olvidar mi bomba de aire, si bien es algo que debo de tener más en cuenta para la próxima, no es ahí donde me debería de quedar. Re-significar un hecho a todas vistas negativo, y darle el valor que surge del apoyo entre quienes aún sin conocerse comparten el gusto por rodar, confiar en que la ayuda esta en camino, y que sólo necesitamos caminar hacia a ella en lugar de quedarse parados lamentándonos, no encabritarnos, o no quedarnos en el “encabritamiento”, sino, asumir las consecuencias y emprender camino, tomando la lección aprendida y guardarla en la mochila, creo que eso es lo que valió la pena en esta ocasión, y fue lo que le dió mas valor a la rodada no terminada, a torre 3.

Así bien, como decía, reinicié mi regreso, con mucha atención, ya que mis dos colegas habían continuado su propio camino hacia la cima, y yo no tenia la intención de pinchar de nuevo. Llegué al camino ancho y cuidando no pegar de lleno en alguna piedra (para no “morder” la nueva cámara) fui ganando confianza y velocidad… fui acercándome a rutas mas concurridas, hasta llegar a “estación bicicleta” (que en su momento merecerá uno o más blogs…) un nuevo sitio que busca hacernos ver que podemos disfrutar del bosque, compartir con él, sin tener que destruir o dejar huella indeleble de nuestro paso por él. En fin, ahí llegue y fue un oasis realmente. Habían muchos ciclistas que iban terminando sus rodadas, ahí aproveche para pedir nuevamente prestada una bomba de aire para terminar de inflar mi llanta, y por qué no? disfrutar de un sabroso café de olla, ahí en medio de los arboles, a un lado del camino, recuperando energía para el último tramo del regreso.
Así fue como rodé ese día, al final el balance fue positivo, quizás mucho más de lo que hubiera creído. Rodé casi cuarenta kilómetros en el bosque, más unos veinte en la ciudad, caminé entre uno y dos kilómetros en medio de mi bosque, conocí a gente nueva, pedí ayuda y pregunté por ayudar, rodé solo, pero acompañado. Porque gracias a la compañía de otros ciclistas fue que regresé mas temprano que tarde a casa.

Así que: a seguir rodando!

Ro

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